Visibilizar a las mujeres que han tenido que ver con la historia de Alcalá de Henares es un objetivo prioritario desde hace tiempo en nuestra ciudad. En Lux Moments queremos además alzar las voces de las mujeres contemporáneas que destacan por su gran labor. Próximamente iremos publicando sus artículos de opinión que generosamente ceden a este medio de comunicación, lo que les agradecemos de corazón. 

PILAR LLEDÓ

Es una historiadora que ha centrado su labor investigadora en el periodo de la Segunda República y la Guerra Civil en la ciudad complutense. Actualmente, y desde 2016, es la presidenta de la Institución de Estudios Complutenses, con sede en el Palacio de Laredo. También forma parte de la Asociación de Mujeres Progresistas-Francisca de Pedraza.

AGOSTO 2021

FRANCISCA DE PEDRAZA,

PATRIMONIO DE TODAS Y TODOS LOS ALCALAÍNOS

En este mes de agosto festivo, vacacional y caluroso voy a seguir con la estrategia de visibilizar a mujeres importantes para la historia de nuestra ciudad. En esta ocasión, además, aprovecho esta tribuna pública para mandar todo mi apoyo al profesor Ignacio Ruiz, que fue el descubridor y gran divulgador del personaje del que voy a tratar.

Francisca de Pedraza fue una mujer que vivió en Alcalá de Henares en el siglo XVII. Podría haber seguido el camino de múltiples mujeres de todos los tiempos y haber quedado enterrada en el polvo de una Historia hecha por y para los hombres. Tuvo la suerte de que el entonces joven investigador Ignacio Ruiz se topara con el legajo que contenía su historia en el Archivo Histórico Nacional una tarde de los años noventa del pasado siglo XX, mientras se encontraba investigando sobre procesos judiciales de la Universidad. Atrajo su atención una sentencia de divorcio de 1624 a nombre de Francisca de Pedraza. Desde el primer momento que leyó esa emocionante historia se dio cuenta de su importancia excepcional y de su potencial, y se propuso divulgar su figura como referente de la lucha de las mujeres contra el maltrato machista. Junto a Fernando Bermejo publicó el libro Francisca de Pedraza, una alcalaína frente al mundo, al que han seguido otros dos en solitario ampliando información sobre el personaje. Desde entonces Francisca de Pedraza ha pasado a formar parte del patrimonio histórico común de los alcalaínos y alcalaínas, y así debe seguir siendo, sin que ninguna asociación ni institución puedan apropiarse en exclusiva de ella. 

Su historia, por fortuna, empieza a ser bastante conocida, pero no está de más recordarla. Francisca de Pedraza nació en Alcalá de Henares en una fecha indeterminada del último lustro del siglo XVI. A edad temprana quedó huérfana y fue educada en un convento de religiosas de la ciudad. Como todas las mujeres en ese siglo tenía dos salidas honrosas: el convento o el matrimonio. Por eso en 1614 se casó con Jerónimo de Jaras, que pronto se convertiría en su maltratador. Francisca se dio cuenta de que el matrimonio no era lo que esperaba, pues los malos tratos se convirtieron en habituales. En 1620 hubo un primer intento de separarse de su marido, pero tuvo que regresar a su hogar, donde la vida de sufrimiento continuó. En 1622 hubo una segunda denuncia ante la Vicaría del Arzobispado de Toledo, en el Palacio Arzobispal. El revulsivo de esta nueva demanda fue la paliza que le propinó Jerónimo de Jaras en la puerta de la Magistral el día de la fiesta de San Pedro, con tales golpes y patadas que le provocó un aborto. A pesar de los contundentes testimonios de los testigos, la sentencia le obligó a volver son su marido, y a éste le aconsejó “que no le hiciera tan malos tratos como dicen que le hace”, lo que casi suponía una condena a muerte para la esposa maltratada.  En un último intento, en 1624, Francisca de Pedraza decidió acudir a la justicia universitaria de su ciudad, y tuvo la suerte de coincidir con un gran rector, Álvaro de Ayala, el otro gran protagonista de esta historia. No solo aceptó el pleito, sino que además en mayo de ese año 1624 dictó una pionera sentencia de divorcio contra Jerónimo de Jaras: autorizaba a Francisca de Pedraza a abandonar su hogar, le devolvía su dote y le impedía al marido maltratador acercarse a ella, en un antecedente claro de las órdenes de alejamiento actuales.

Fue una sentencia inédita que no se volvió a repetir en aquellos siglos. No dejó de ser una gota en el proceloso océano de los malos tratos hacia las mujeres. Gracias a conocer su historia, Francisca de Pedraza se ha convertido en un símbolo y un ejemplo para las mujeres maltratadas. Por eso nadie debe monopolizar su nombre, y mucho menos impedir a otras asociaciones que lo puedan utilizar bajo amenaza de denuncia, y menos a una de mujeres maltratadas alcalaínas. Me causó profunda tristeza enterarme hace pocos días de que la Asociación contra la Violencia Machista Francisca de Pedraza había decidido prescindir del nombre del personaje por las presiones recibidas. No podemos permitir que el nombre de Francisca de Pedraza, como personaje histórico que es y como patrimonio histórico y cultural alcalaíno, sea propiedad de una asociación y un premio. Debe ser de todos y todas. Concluyo expresando mi solidaridad al profesor Ignacio Ruiz, por dar a conocer a esta gran figura femenina de Alcalá de Henares.   

JULIO 2021

JUANA I DE CASTILLA, MAL LLAMADA JUANA LA LOCA

Hay una pequeña calle en nuestra ciudad que tiene la denominación de “Juana la Loca”. Es una excepción, pues las calles alcalaínas, como es habitual en todas las urbes, no se caracterizan por el equilibrio en el sesgo de género a la hora de poner nombres a las vías urbanas. Las mujeres ocupamos poco espacio en el callejero, y desde luego si aparece un nombre femenino no suele ser en el centro urbano, sino más bien en barrios periféricos. Este es el caso que nos ocupa. La calle “Juana la Loca” es una pequeña vía que comunica las calles de Felipe II y de Pablo de Olavide, en la parte trasera del colegio Escuelas Pías, en la zona de Juan de Austria. Es tan pequeña que carece de portales.

Pero lo importante no es el tamaño o importancia de la calle, sino su denominación. En ningún otro caso aparece el nombre de un monarca seguido de un apodo despectivo, excepto en el de esta hija de los Reyes Católicos que tuvo uno de los reinados más longevos de la historia de España, pues accedió al trono de Castilla en 1504, a la muerte de su madre Isabel, y al de Aragón en 1516, cuando falleció su padre Fernando. Fue reina hasta su fallecimiento en 1555, aunque ni su esposo Felipe, ni su padre Fernando ni su hijo Carlos permitieron que ejerciera como tal. Por eso sería mucho más correcto que la historia empezase a conocerla como Juana I de Castilla.   

La presunta locura femenina es uno de los estereotipos que sustentan el machismo que subyace todavía en ciertos sectores sociales, y suele aplicarse a las mujeres que no se someten al rol que el patriarcado les impone. El caso de Juana no es excepcional, y supongo que muchas de nosotras habremos sido catalogadas con tal epíteto cuando nos hemos negado a cumplir lo que se espera de nuestro tradicional papel de mujer. Ha habido a lo largo de la historia de España hombres con enfermedades mentales diagnosticadas que en ningún caso les impidieron reinar, como el caso de Enrique IV, catalogado como esquizofrénico por al doctor Marañón. Pasó a la historia con el sobrenombre de “el impotente”, víctima de las mismas razones interesadas de luchas de poder que su sobrina Juana, pero en su caso nadie le usurpó el trono, aunque sí impidieron que lo ocupara su hija Juana “la Beltraneja”, ni hay ninguna calle que lleve su nombre con ese insultante adjetivo como compañía. Se sobreentiende que es solo Enrique IV. ¿Por qué en el caso de Juana sí se considera que ese epítome degradante forma parte de su nombre? ¿Por ser mujer? ¿Por qué se le impidió ejercer el poder debido a su supuesta enfermedad mental, cuando eso nunca sucedió con el propio Enrique IV, ni con Felipe V, que padecía psicosis maniaco-depresiva, según Marañón, o Carlos II al que llamaban “El hechizado” y al que hicieron varios exorcismos porque sus consejeros pensaban que era objeto de una posesión diabólica? Por tanto, y suponiendo la enfermedad mental de Juana, puesta en entredicho por investigadores actuales, nada le hubiese impedido reinar de forma efectiva como así disponía el testamento de su madre Isabel la Católica en 1504.

Juana de Castilla había nacido en 1479. No estaba destinada al trono, por lo que fue educada como una infanta de su tiempo, destinada al matrimonio para afianzar alianzas políticas de Estado. Entre sus preceptores estaba Beatriz Galindo, y aprendió música, protocolo, latín y varios idiomas. Una de sus peculiaridades, por la que no encajaba en la católica corte castellana, era su falta de devoción, lo que también se achacó posteriormente a su supuesta locura. A los 16 años partió para Flandes para contraer matrimonio con Felipe de Habsburgo, según había dispuesto su padre. No dejaba de ser otro peón, como sus hermanas, en el tablero político desplegado por Fernando el Católico contra su enemiga Francia. No fue un matrimonio por amor, aunque sí parece que se gustaron al conocerse, y fueron capaces de tener seis hijos. Juana sufrió porque su marido era muy mujeriego, y hacía alarde público de ello. Y Juana no fue capaz de sufrir los desplantes de su marido con la dignidad y el disimulo con el que actuó su madre. También en ese punto se salió del molde que se le suponía a la mujer de su tiempo, educada para aguantar, y fue otro punto a añadir en su supuesta locura: sus celos patológicos, o su “locura de amor”, como pregonaba una popular película de tiempos franquistas.

En un giro inesperado del destino, la muerte de sus dos hermanos mayores y de su sobrino la convirtieron en 1500 en la heredera de los reinos de España. Eso supuso su vuelta y su proclamación como heredera de Castilla en las Cortes de Toledo de 1502. La futura reina era ella, su marido solo se consideraba el rey consorte. Ese momento marca el punto de inflexión en su vida pública, y es entonces cuando sale a colación su supuesta enajenación mental que cuestiona su idoneidad para gobernar. Primero su marido Felipe I, luego su padre Fernando el Católico, que la acabó encerrando en Tordesillas en 1509, y por último su hijo Carlos I, quien endureció su encierro convirtiendo su vida en la de una prisionera condenada a cadena perpetua, propagaron la leyenda de su locura para ocupar un trono que no les correspondía. Consiguieron ejercer el poder, pero no consiguieron despojar a Juana de un título que ostentó hasta su muerte en 1555: Juana I de Castilla.

No contribuyamos en la actualidad a perpetuar una injusticia histórica. No tiene ningún sentido un rótulo público en una calle alcalaína con un nombre denigratorio hacia una mujer que tuvo una gran importancia para nuestra ciudad. Vino a Alcalá de Henares en 1503 acompañando a sus padres, y aquí dio a luz a su hijo Fernando, el futuro Emperador, que dio lugar a una de las dinastías reinantes más longevas en Europa: los Habsburgo y el imperio Austro- Húngaro. Estamos a tiempo de corregirlo. No debemos perpetuar los signos de cultura patriarcal en el espacio público. Solo hay que sustituir el rótulo de Juana “la loca” por Juana I de Castilla para que el callejero alcalaíno quede limpio de esta muestra de machismo tan evidente.