Texto: Lux Moments 

CÓMO VIAJAR CON UN SALMÓN, DE UMBERTO ECO               2020/07/06

Lumen publica este jueves 2 de julio de 2020, Cómo viajar con un salmón, un libro fundamental y parcialmente inédito en español del gran pensador y semiólogo Umberto Eco, fallecido en 2016. Los artículos comprendidos en este libro se corresponden con los que el autor escribió y publicó a partir de 1986 en la última página de la revista L’Espresso, en su sección quincenal «La Bustina di Minerva». Parte de ellos fueron publicados en Segundo diario mínimo (Lumen, 1994). Poco antes de su muerte, el propio Eco agrupó los que aquí se ofrecen en un volumen que tituló Come viaggiare con un salmone, publicado por La Nave di Teseo en 2016 y que ha sido uno de sus libros más leídos de los últimos años. Muchos de estos artículos -Cómo castigar al que practica spam o Cómo hacer filosofía en casa-, traducidos y publicados por primera vez en español.

 

 

«El más versátil de los intelectuales italianos combina la cultura de un gran erudito con la ligereza y la ironía. Esta compilación inédita a manos del autor ofrece lo mejor de su estilo divulgativo.»
La Repubblica
 

Umberto Eco asume en este libro el rol de cualquiera de sus lectores, el de un hombre perdido en el laberinto de las banalidades y contradicciones de la vida cotidiana, un ciudadano de a pie, y, a la vez, el de un erudito que reflexiona sobre los placeres más pequeños y ordinarios del día a día, descubriendo así la esencia profunda de las cosas, el lado poético o didáctico de actos tan comunes como comer un helado o sacar un libro de una biblioteca. Cargadas de humor y de sorpresa, las brevísimas instrucciones de Eco sobre la vida diaria permiten al lector enfrentarse con humor a la burocracia, a las extrañas conversaciones sobre fútbol con los taxistas, a casos excepcionales como el transporte (y conservación) de un salmón a lo largo de un viaje de trabajo, a evitar enfermedades contagiosas, a no usar el teléfono móvil, a salir en la televisión aunque no seamos nadie, a comer un helado o a evitar caer en complots.

Cómo comer el helado

«Cuando yo era pequeño, los niños podían elegir entre dos tipos de helados que se compraban en aquellos carritos blancos con tapaderas plateadas: o el cucurucho de dos reales o el corte de cuatro reales. El cucurucho de dos reales era pequeñísimo, precisamente cabía bien en la mano de un niño, y se confeccionaba extrayendo el helado del contenedor con su paleta y acumulándolo en el cono. La abuela aconsejaba comer el cucurucho solo en parte y tirar la punta porque la había tocado la mano del heladero (y a pesar de todo, aquella parte era la mejor y más crujiente, y la comíamos a escondidas haciendo como si la hubiéramos tirado).

El corte de cuatro reales lo confeccionaba una maquinita especial, también plateada, que comprimía dos superficies circulares de barquillo contra una sección cilíndrica de helado. Se pasaba la lengua por el intersticio hasta que ya no podía alcanzar el núcleo central de helado, y entonces se comía todo, con las superficies blandas e impregnadas de néctar. La abuela no tenía consejos que dar: en teoría, los cortes habían sido tocados solo por la maquinita; en la práctica, el heladero los había sujetado con sus manos para entregarlos, pero era imposible identificar la zona contaminada.

Yo, sin embargo, estaba fascinado por algunos chicos de mi edad cuyos padres les compraban no un helado de cuatro reales, sino dos cucuruchos de dos reales. Estos privilegiados caminaban orgullosos con un helado en la derecha y otro en la izquierda, y moviendo ágilmente la cabeza lamían ora el uno, ora el otro. Esta liturgia me parecía tan suntuosamente envidiable que muchas veces pedí celebrarla. En vano. Los míos eran inflexibles: un helado de cuatro reales sí, pero dos de dos reales, absolutamente no.

Como cualquiera puede ver, ni las matemáticas ni la economía ni la dietética justificaban ese rechazo. Y ni siquiera la higiene, toda vez que se tiraran al final ambas extremidades de los dos cucuruchos. Una patética justificación argumentaba, en verdad capciosamente, que un muchacho ocupado en dirigir la mirada de un helado a otro era más proclive a tropezar con piedras, escalones o socavones del adoquinado. De manera oscura, intuía que había otra motivación, cruelmente pedagógica, de la que, sin embargo, no conseguía darme cuenta.

Ahora, habitante y víctima de una civilización del consumo y del derroche (como no era la de los años treinta), entiendo que aquellos seres queridos ya difuntos tenían razón. Dos helados de dos reales en lugar de uno de cuatro no eran un derroche en el aspecto económico, pero sin duda lo eran en el simbólico. Precisamente por eso los deseaba: porque dos helados sugerían un exceso. Y precisamente por eso se me negaban: porque parecían indecentes, un insulto a la miseria, la ostentación de un privilegio ficticio, un jactancioso bienestar. Comían dos helados solo los niños malcriados, los que los cuentos justamente castigaban, como Pinocho cuando despreciaba la piel y el corazón de la fruta. Y los padres que fomentaban esta debilidad, como pequeños parvenus, educaban a los hijos en el necio teatro del “quiero-y-no-puedo”, es decir, les preparaban, diríamos hoy, para presentarse en el mostrador de facturación de la clase turista con un falso Gucci adquirido a un vendedor ambulante en la playa de Rímini.

La fábula corre el riesgo de parecer falta de moraleja, en un mundo en el que la civilización del consumo quiere que estén malcriados incluso los adultos, y les promete siempre algo más, desde el relojillo incluido en el tambor de detergente hasta el colgante de regalo para quien compre la revista. Como los padres de esos glotones ambidiestros que envidiaba, la civilización del consumo finge dar más, pero, en realidad, da por cuatro reales lo que vale cuatro reales. Tiraréis el radiocasete viejo para adquirir el que promete también el rebobinado automático, pero algunas inexplicables debilidades de la estructura interna harán que el nuevo radiocasete dure solo un año. El nuevo utilitario tendrá los asientos de piel, dos retrovisores laterales regulables desde el interior y el salpicadero de madera, pero resistirá mucho menos que el glorioso Cinquecento que incluso, cuando se averiaba, se ponía en marcha con una patada.

Pero la moral de aquellos tiempos nos quería a todos espartanos, y la de hoy en día nos quiere a todos sibaritas.» 

EL AUTOR

La obra de Umberto Eco (1932-2016) ha sido fundamental para entender la historia del siglo xx y de nuestros días. Durante mucho tiempo se dedicó a la enseñanza en la universidad, y sus ensayos son textos de consulta obligada en universidades de todo el mundo. Entre los más importantes publicados en castellano figuran Apocalípticos e integrados —el título con el que Lumen inició su catálogo de este autor en 1965—, Obra abierta,La estructura ausente, Tratado de semiótica general, Lector in fabula, Semiótica y filosofía del lenguaje, Los límites de la interpretación, Las poéticas de Joyce, Segundo diario mínimo, El superhombre de masas, Seis paseos por los bosques narrativos, Arte y belleza en la estética medieval, Sobre literatura, Historia de la belleza,Historia de la fealdad, A paso de cangrejo, Decir casi lo mismo, Confesiones de un joven novelista, Construir al enemigo y A hombros de gigantes. Hace más de treinta años, Eco se estrenó exitosamente en la ficción con El nombre de la rosa, a la que siguieron El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino, La misteriosa llama de la reina Loana, El cementerio de Praga, Número Cero y De la estupidez a la locura, la obra póstuma que Umberto Eco entregó a su editor poco antes de morir, el 19 de febrero de 2016.